La historia de la intervención ante las drogas en España ha generado un saber y una praxis que permiten disponer en la actualidad de un amplio y coherente abanico de estrategias entre las cuales debe de tener un especial relieve la prevención. Esto hace posible ir consolidando respuestas de calidad, imbricadas en el tejido social, ante las diferentes caras del fenómeno. Si revisamos lo ocurrido en los últimos años, vemos cómo el interés ha ido secuencialmente centrándose en la heroína y posteriormente en la sucesiva aparición de una inagotable diversidad de sustancias, lo que ha espoleado, de modo intermitente, el interés por la prevención.
Primero la cocaína, después el alcohol y ahora las drogas de síntesis, han ido modulando sucesivamente las estrategias preventivas. Sin embargo, entendemos que una prevención centrada exclusivamente en el producto podría hacer perder de vista lo consustancial de nuestra relación actual con las drogas: la conformación de estilos de vida en los que el uso, más o menos abusivo, de determinadas sustancias es una pieza relevante.
Por ello, a la hora de impulsar una renovada apuesta por la prevención, debemos dirigirnos esencialmente a los modos en que los individuos y los grupos construyen sus estilos de vida, para hacer menos probable el riesgo de que el recurso compulsivo a las drogas forme parte esencial de esos "sus estilos de vida" (todo ello sin obviar las diferentes connotaciones socioculturales que la irrupción de unas u otras drogas puedan representar). Para trabajar con los estilos de vida, la actuación habrá de ser multidimensional y transdisciplinar. Acorde con este posicionamiento y entendiendo que caben diversas posibles definiciones de prevención, en tanto que modalidad de respuesta ante el mudable fenómeno de los usos de drogas, podemos coincidir en definirla como aquel entramado dinámico de estrategias que tienen como objetivo eliminar o reducir al máximo la aparición de problemas relacionado con el uso indebido de drogas.
Estas estrategias se incardinan en la comunidad y deben propiciar cuotas crecientes de compromiso de la sociedad civil para, contando con la iniciativa de los diversos ámbitos institucionales, profesionales y de participación, poder resolver los conflictos que en relación con las drogas y sus usos se presentan, posibilitando la mejora de la capacidad de los individuos y los grupos para hacer frente a las dificultades que la existencia de las drogas agudizan. Una intervención planificada, coherente, que en los diferentes escenarios en que se articula el tejido social cuente con el compromiso de los mediadores sociales adecuados, podrá actuar de una manera específica en cada uno de los espacios oportunos: escuela, familia, empresa, asociaciones, etc.
Son diversos los actores que han de contribuir, cada cual desde su singular esfera de responsabilidad, a la prevención, mediante una actuación organizada que, incidiendo de manera preferente sobre la demanda de drogas, no desatienda la necesaria actuación sobre la oferta y la promoción de los productos.
Reducción de la demanda de drogas
Podemos plantear el propósito final de la prevención como aquella situación en que, independientemente de la intensidad con la que el mercado presentara las diversas sustancias susceptibles de abuso, los ciudadanos tuvieran ocasión de responder de manera positiva (opción libre por el no consumo) a la interpelación que las drogas representan, alumbrando estilos de vida en los que el uso de éstas, o al menos el recurso sistemático a las mismas, no tuviera cabida.
Hablamos de estrategias orientadas a la reducción de la demanda en referencia al desarrollo de competencias individuales y sociales útiles para ayudar a prescindir de relaciones problemáticas con las drogas (fomento de la autoestima, información adecuada sobre las drogas y sus pautas de consumo, clarificación de valores, toma de decisiones, generación de alternativas...)
Actuaciones, por tanto, encaminadas a enriquecer las posibilidades de desarrollar estilos de vida positivos, saludables y autónomos, que faciliten diferentes itinerarios de construcción de la propia identidad psicosocial, de los cuales las drogas no formen pilar básico. Una dimensión en la que se incardinan actuaciones encaminadas a reducir el interés social hacia las drogas, así como a limitar los usos de riesgo entre aquellas personas que, de manera más o menos transitoria, decidieran hacer un uso variable de unas u otras sustancias.
Reducción de otros riesgos asociados al consumo de drogas
La prevención de las drogodependencias se interesará por evitar tanto la dependencia de una droga como también otros trastornos de la salud asociados al consumo. Por ello cobra sentido incluir actividades de detección y control de las patologías orgánicas y psicológicas asociadas al consumo y otras encaminadas a prevenir el contagio y transmisión de enfermedades. Los trastornos físicos, psicológicos o sociales, producidos por el tipo de sustancia consumida (concentración, adulteración, etc.) o por el modo de consumirla (vía de acceso, condiciones higiénicas, ambientales, etc.), merecen ser tenidos en cuenta en la política de intervención preventiva como elementos complementarios.
Esto conlleva abordar los programas de reducción del daño bajo la perspectiva de diversificar la oferta de actuaciones, atendiendo las diversas necesidades individuales, acercándonos a cuantos más usuarios mejor, desde su consideración como sujetos y no objetos del proceso.
En los casos que se opte por programas de reducción del daño, se negociarán objetivos intermedios y a corto plazo que palien las consecuencias del consumo, mejorando la calidad de vida de los usuarios, siendo el inicio, siempre que sea posible, del camino hacia la abstinencia. Todo ello obliga también a diversificar los propios programas de reducción del daño, siempre siendo flexibles y adaptándose al tiempo, modas, costumbres, hábitos y diferentes tipos de sustancias y usuarios.
Estos pueden ir desde Programas de Mantenimiento con Metadona (PMM) a talleres de sexo seguro pasando por programas socio-sanitarios o de intercambio de jeringuillas. La consecución de estos objetivos pasa necesariamente por una serie de cambios en la percepción de los propios afectados que han de ser sujetos activos, y no objetos, del proceso terapéutico.
Reducción de la oferta y de la promoción de drogas
Reiteradamente, la investigación ha mostrado la correlación existente entre incremento de la disponibilidad, aumento de los consumos y multiplicación de los problemas asociados.
Una actuación sostenida, y coordinada, con miras a la reducción de la demanda tendrá mayores probabilidades de éxito en unas circunstancias sociales en que la oferta y la promoción de drogas sea inhibida. En tanto en cuanto la presencia de drogas sea indiscriminada y se continúe asociando el consumo a la búsqueda de respuestas a inquietudes personales y sociales (aventura, atractivo, diversión, identidad, etc.) menor eficacia tendrá la prevención.
Debe de mantenerse, por tanto, una dimensión orientada a actuar, tanto desde la comunidad como desde los diferentes niveles de nuestras administraciones, reclamando el cumplimiento y, en su caso, la actualización de aquellas normas que regulan nuestra vida social en este ámbito: prohibición de venta de bebidas alcohólicas y tabaco a menores de edad, limitaciones a la publicidad, etc.
La prevención debe, a través del compromiso de los diferentes actores de la vida social (padres y madres, educadores, monitores de tiempo libre, jóvenes asociados, etc.), propiciar la menor presencia de sustancias en las calles y la progresiva desactivación de estereotipos incitadores al consumo, lo que, en todo caso, ha de conllevar un menor interés por relacionarse con las mismas.